Fundació Jaume BofillUniversitat Oberta de Catalunya (UOC)
Jorge Calero
Jorge Calero
Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona

Soy catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Especialista en Economía de la Educación y Economía del Estado del Bienestar.

Las 3 cosas que he aprendido

Una buena financiación educativa debe garantizar que ningún estudiante se quede atrás
1

Una buena financiación educativa no debe dejar a ningún estudiante atrás

La financiación educativa debe diseñarse con un objetivo esencial: la equidad. No solo debe garantizar un trato igualitario (este sería el un objetivo de equidad “modesto”) sino ir más allá y buscar la garantía de resultados educativos igualitarios. Los sistemas basados en la comprensividad y en la inclusión son los mejor orientados en este sentido, según los estudios comparativos internacionales. 

Garantizar que ningún estudiante se queda atrás es un objetivo que implica el despliegue de importantes recursos financieros, destinados al apoyo lo más personalizado posible de los alumnos con desventajas. Se trata, a pesar de todo, de una inversión rentable, tanto en términos de acumulación de capital como de aumento de la cohesión social y de la reducción de conflictos.
2

Una buena financiación educativa debe tener el apoyo de una buena evaluación

Una buena financiación educativa debe incluir una serie de programas y proyectos evaluados convenientemente. Es necesario realizar una evaluación ex ante, previa a la implantación de los programas y proyectos, mediante simulaciones y, en caso necesario, aplicaciones piloto. Más tarde, una vez los programas y proyectos en curso de aplicación, habrá que evaluar su impacto real. Esta evaluación de impacto, que tenga en cuenta el coste de la intervención, permitirá tomar decisiones alrededor del destino futuro de los recursos económicos.

Demasiado a menudo, en la financiación educativa, hemos visto cómo se han destinado recursos a programas cuya eficacia (en términos de resultados educativos, por ejemplo) no se ha evaluado. Esto es muy perjudicial, especialmente en momentos de ajustes presupuestarios como los previstos para los próximos años, ya que no resulta posible priorizar aquellas intervenciones de eficacia elevada.

3

Una buena financiación educativa debe basarte en el valor añadido que aportan los centros y el personal docente

En los últimos años se ha intensificado la presión entorno a la vinculación entre evaluación (de los centros educativos y del profesorado) y la financiación. De la misma manera que la evaluación de los centros orientada a proporcionar información a las familias de cara, en todo caso,  a su elección, debería tener en cuenta la posición de partida y el tipo de usuarios de cada centro, la evaluación orientada a proporcionar incentivos financieros debería tener en cuenta el concepto de valor añadido.

La diversidad en las posiciones de partida de los distintos centros educativos hace que resulte injusto un trato homogéneo a la hora de asignar incentivos, tanto a nivel de centro como a nivel de profesorado. Por lo tanto, es aconsejable introducir correcciones que permitan la valoración en función de la aportación del profesorado a dicha evolución.

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